Zapatones, el peregrino de Fraga

Zapatones, el peregrino de Fraga
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El Caminante de Fraga, un personaje peculiar que nos recibe en la majestuosa plaza del Obradoiro o en los alrededores de la Catedral compostelana, viste el atuendo típico de los peregrinos medievales: una capa, un sombrero de fieltro y un bordón, elementos que lo identifican sin lugar a dudas. Permanece allí, como un personaje salido de las páginas de un cómic de Asterix, posando junto al Coliseo de Roma en busca de historias extravagantes en lugar de propinas. A diferencia de muchos, Zapatones no busca recompensa económica. En su lugar, entretiene a aquellos que llegan a Santiago con relatos inverosímiles en los que se convierte en una especie de «peregrino oficial».

Solía proclamar: «Soy el peregrino designado por Fraga» cuando el ex presidente de la Xunta aún ostentaba el cargo. Aseguraba que Fraga lo enviaba para inspeccionar el Camino, ya que no podía supervisarlo por completo. Y se quedaba tan satisfecho. Lo más curioso es que, después de un mes de caminata diaria, al llegar a Santiago, te volvías propenso a creer cada palabra suya. Así que regresabas a casa convencido de que aquel individuo era, en realidad, el auténtico peregrino de Fraga. Lo encontrabas allí, siempre rodeado de grupos de peregrinos recién llegados a quienes guiaba hacia su bar favorito, el cual, curiosamente, solía cambiar con cierta frecuencia.

La vida de Zapatones

La imagen alegre y singular de Zapatones no siempre fue la que quedó grabada en la memoria de todos. En realidad, su existencia estuvo marcada por momentos difíciles, entre los cuales se incluye el abandono de sus padres cuando apenas era un bebé. Su historial escolar reflejaba un bajo rendimiento, y se le relacionaba con actos delictivos como el robo y el consumo excesivo de alcohol. Además, llevaba una vida bastante solitaria, hasta que, a los 40 años, decidió dar un giro radical a su destino.

Encarnar a Zapatones le otorgó una nueva perspectiva y propósito a su vida. Fue en el Camino de Compostela donde halló la transformación que tanto necesitaba y en la plaza de Obradoiro encontró el espacio que marcaría un nuevo comienzo, a partir del año de Xacobeo en 1993.

Su característica barba blanca y la capa marrón de peregrino se convirtieron en sus señas distintivas durante las dos décadas que dedicó a esta singular vocación. Más que un empleo, se convirtió en su forma de vida.

El final de la historia de Zapatones es desafortunado. En el año 2013, sufrió un atropello en el Camino Francés que le provocó politraumatismo, incluyendo fracturas en ambas piernas, pérdida de piezas dentales y algunas lesiones menores que requirieron una larga hospitalización.

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Este suceso marcó un antes y un después en su vida. Se volvió más retraído y se rumorea que no logró superar este trágico episodio. Falleció en el 2015, dejando tras de sí un legado y recuerdos que perdurarán mucho más allá de los años. Sin lugar a dudas, Zapatones es y será un ícono del Camino de Santiago que nunca se borrará de la memoria.

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